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Por estas fechas, mi abuelo materno viajaba a su tierra, Andalucía, para pasar seis meses allí.
 
Cuando llegaba ese momento, salía corriendo en dirección contraria a la puerta de la calle. Sólo contaba con siete años. Entraba en la cocina y me fijaba en el calendario, que mi padre usaba, donde aparecían los meses, con días en color negro y días en color rojo, algunos tenían notas escritas.
 
Como un ritual, comenzaba a contar desde ese día y recuerdo que pasaba algunas hojas. No controlaba muy bien el tiempo ni su dimensión, pero sí conocía el dolor de la distancia, su ausencia, no poder hablarle, no poder jugar con él.
 
Oía a mis padres cómo me llamaban.
Me sentía incapaz de salir, tenía los ojos brillantes de lágrimas.
Pasado un rato, me buscaban y me encontraban.
 
Después, volvía al calendario, a pasar sus páginas, a contar los días que faltaban para estar con él, para recibir sus cartas.
 
-¡Qué alegría cuando las recibía!-
 
La historia se repetía, año tras año. Y así me hice mayor y tomé noción y dimensión del tiempo.
 
Ahora, aún sigo contando los días.

 (2017)