6:15 am. Lunes. Los lunes, esos días de resaca tras un fin de semana, días de madrugones, de comienzos de largas y estresantes jornadas laborales. Todas esas ideas resumían lo que pasaba por su cabeza, como todos los lunes, cuando sonaba el despertador de forma insistente. Logró acertar a la primera y encontró el botón para apagarlo.

No le costó mucho esfuerzo levantarse, se dirigió al cuarto de baño y abrió el grifo de la bañera, para que fuera saliendo el agua caliente. No tardó el agua en calentarse y se dispuso a darse una ducha rápida con la que despejarse y liberar sus ojos de las molestas y pegajosas legañas, que no le permitían ver con claridad, a esas horas de la mañana.

Tras la ducha vespertina, se fue hacia la cocina. Quería prepararse unas tostadas de pan con mantequilla y mermelada de fresa, preparar la cafetera y tomar un café, bien cargado; también necesitaba que su músculo cerebral se activase. Pensaba que era mejor desayunar fuerte porque este lunes desconocía si dispondría de tiempo para descansar y tomar un tentempié. Acababa de recordar, con cierto fastidio, que hoy era día de reunión en la oficina.

María trabajaba en un bufete de abogados, un grupo que comprendía diversas áreas y sectores, que se ubicaba en diferentes ciudades españolas y con algunas sedes internacionales. Sus clientes eran muy diversos. Ella era responsable del área de Derecho Matrimonial Español. Los divorcios exprés eran su especialidad y también estaba especializada en nulidad matrimonial eclesiástica, ante el Juzgado de la Rota. En ocasiones colaboraba con el equipo del área de Derecho Civil, cuando las circunstancias lo requerían.

Hacía poco tiempo que la persona responsable del área de urbanismo había quedado vacante, ya que se jubiló su anterior titular. Era un área complicada por los pocos juristas especialistas en la materia, lo que dificultaba encontrar a alguien con ese perfil. Llevaba varios meses sin cubrirse. Por ello, se avecinaban cambios en la firma empresarial y esta semana tendría días con muchas novedades. Este lunes era uno de esos días.

glass-3081015__340

7:00 am, María ya estaba casi lista para salir, sólo le faltaba maquillarse, eso sí, discretamente. Los responsables del bufete recomendaban a sus empleados que fuera extremadamente cuidadosos con su imagen, ya que esta representaba los valores de la empresa para la que trabajaban. En la tarea de maquillarse, así como en la vestimenta, accesorios y complementos, ella aplicaba siempre el lema de “menos es más” y nunca le fallaba, le gustaba el resultado que obtenía, era elegante y a la vez, muy actual.

Se calzó los zapatos de tacón fino, de 10 centímetros, eran de piel negra y los más cómodos que tenía. Era una buena usuaria de los tacones, habida cuenta de su metro y sesenta centímetros de estatura. Cogió el móvil y el bolso negro y salió de casa.

Se había retrasado un poco y comenzó a aligerar el paso, tenía que coger el metro. A veces iba al trabajo en coche, pero el aparcamiento del edificio de oficinas no garantizaba plazas suficientes para todos sus trabajadores, y disponían del uso de plazas por turnos semanales. Esta semana era el turno de viajar en el odioso metro. No le gustaba ese medio de transporte, pero la rapidez de este, y la ubicación tan céntrica de la oficina, no permitía otra elección de transporte que fuese mejor.

7:35 am. El metro llegó puntual, a la hora prevista por los marcadores luminosos, colgados del techo y situados en el andén. Como era previsible, a esa hora llegaba abarrotado de gente. Tenía por delante muchas paradas hasta llegar a la suya, era un trayecto largo, no obstante, en la estación de Ángel Guimerà los vagones del metro se vaciaban bastante y podría tomar asiento y terminar el recorrido sin que recibiera pisotones ni sufriera los molestos empujones.

7:45 am, El tren llegaba a la estación Ángel Guimerà. Como siempre, bajaron muchas personas, la mayoría estudiantes universitarios y de institutos, que cambiaban de línea de metro o unían con la línea de tranvía. En esa estación confluían diversas líneas, era la estación que albergaba la mayoría de entrecruces y transbordos de la ciudad. A esas horas se convertía en un hervidero de personas, en todas direcciones, buscando su destino laboral o personal.

María iba pensando en todo esto, cuando se vaciaron varios asientos que quedaron libres. Eligió uno cercano a las puertas y se sentó. Respiró fuertemente y pensó lo bien que se viajaba con el metro casi vacío. Al instante, se sentó un hombre en los asientos que estaban situados enfrente a los suyos. Los dos se miraron y observaron por unos segundos. Siempre se sentía incómoda en los espacios tan reducidos porque no sabía muy bien dónde depositar su mirada. Ambos apartaron la suya cuando fueron conscientes de que estaban observándose mutuamente. Lo cierto es que María no pudo evitar volver a mirarlo y fijarse en cómo iba vestido. Empezó a imaginar cuál era la profesión de aquel hombre sentado enfrente, que vestía y se peinaba con tanto gusto.

Tardó bastante en decidirse por cuál sería la profesión de este señor, arquitecto, ingeniero, economista, abogado, médico…quizás le distrajo de ese pensamiento los ojos de aquel hombre, eran grandes, de color oscuro, su pelo de color negro, aunque ya se intuían algunas canas, que aún le aportaban un aire más misterioso e interesante. Dejó de pensar en la profesión que pudiera ejercer y empezó a sentirse más interesada por su físico. Pocas veces, casi ninguna, se había encontrado en el metro a alguien tan atractivo a esas horas de la mañana. No era el prototipo de viajante en transporte público, aunque era consciente que ella tampoco lo era y también se encontraba dentro de ese vagón.

Le sacó de sus elucubraciones la mirada que le dirigió el caballero. Estaba, fijamente, mirándola. María había perdido la noción del tiempo que se encontraba ensimismada en sus ideas mientras lo observaba. Se sintió avergonzada, el calor del rubor en sus mejillas le hicieron girar la cara y mirar el indicador de ubicación de paradas del vagón. Le producía mucha rabia el ponerse colorada porque pensaba que era una forma de delatarse y que los demás pudiesen averiguar sus pensamientos.

Sin volver a dirigir su mirada hacia aquel hombre, notaba que continuaba siendo observada por él. María siempre había pensado que era un poder sobrenatural que las personas fueran capaces de sentir que otras personas las están mirando sin mirarlos siquiera. Pensó que seguramente mientras la miraba podía estar intentando averiguar también su profesión. Ese pensamiento le hizo gracia y sonrió levemente, pero sin atreverse a dirigir la mirada más allá del suelo. En ese momento, la voz en “off” del metro informaba que la próxima parada era Hermanos Machado. Era su parada.

Se levantó del asiento y se dirigió a las puertas sin mirar hacia atrás. Se sujetó a la barra vertical de la pared de las puertas y esperó a que el tren llegara y frenara. En ese preciso momento, observó como una mano se asía de la misma barra vertical, a poco más de un palmo de distancia de la suya. No quiso mirar, pero la distancia que los separaba le hizo pensar que podría ser el hombre de ojos grandes y oscuros y de pelo negro y algunas canas. No hubo ningún roce ni contacto, pero le llegó el olor amaderado de su perfume. Aspirar ese olor le produjo una agradable sensación que le recorrió por el cuerpo. No le había pasado algo semejante en un vagón de metro y desde luego, no le parecía, precisamente, el lugar más erótico.

El tren frenó y María giró la manivela para que se abrieran las puertas. Descendió ella y el señor que tenía detrás. Nadie les adelantó por lo que supuso que sólo ellos dos habían salido del tren.

Caminó a paso ligero en dirección a las escaleras mecánicas que le llevaría a la parte superior de la estación Hermanos Machado, donde se encontraban las máquinas canceladoras que les permitirían acceder a la salida. Sólo se oía el sonido de sus tacones golpeando el suelo y emitiendo un sonido cadencioso y constante. Intentaba poner atención al sonido de las pisadas del hombre y pudo comprobar que seguía detrás de ella. Lo notaba cerca, muy cerca y pensó que en cualquier momento le iba adelantar en el paso, pero no lo hizo. Aquello le resultó de los más enigmático, le producía cierto morbo sentirse protagonista. María puso el pie en el primer peldaño de las escaleras mecánicas y empezó a imaginar que aquel hombre estaría, en estos momentos, fijándose en sus piernas finas y estilizadas, en sus caderas y ese pensamiento le pareció muy sensual.

Llegaron a la parte superior de la estación. María se dirigió a una máquina canceladora y se dispuso a buscar el billete en su bolso. Mientras lo buscaba afanosamente, el hombre se colocó en la máquina canceladora contigua, a la derecha de María, a menos de medio metro de ella. Se miraron; era él.

–  Buenos días -dijo el caballero.

– Buenas…-sólo acertó a decir María, que volvió a sentir el calor del rubor en sus mejillas, contrariada por no encontrar, precisamente en ese momento, el maldito billete.

El hombre se adelantó y María lo vio alejarse por la puerta de salida a la Calle Hermanos Machado, números pares. Cuando ya no le alcanzó la vista, pudo calmarse y encontrar el billete y cancelarlo en la máquina.

8:15 am. Salió del metro, apresuró el paso, pero ya no logró visualizar al atractivo caballero. Se notó molesta por ello. Se dirigió andando por la calle, le faltaba recorrer alrededor de quinientos metros para llegar al edificio de oficinas. Mientras caminaba, el sonido de sus tacones volvió a ser el protagonista, su taconeo le hizo recordar los momentos vividos en el metro y esos pensamientos le acompañaron durante el camino. Pensó que no había empezado tan mal ese lunes. Se preguntaba si el próximo día se lo volvería a encontrar, si cogería el mismo metro, el mismo vagón, si ya habría coincidido con él en otras ocasiones y ella no lo había visto, se preguntaba si lo volvía a ver qué pasaría. Empezaron a agolparse tantas ideas en su cabeza que no se percató de que estaba llegando a la zona desde donde se divisaba el edifico acristalado que albergaba las oficinas. Era un edificio lleno de ventanas brillantes, a esas horas se observaba una estructura arquitectónica muy bella, por el reflejo de los destellos del sol sobre el cristal.

8:30 Llegó a la puerta principal del edificio, saludó al conserje y guarda de seguridad, se dirigió a la zona de los ascensores, su despacho se situaba en la décima planta. El recorrido en ascensor se le hizo interminable, a esas horas se llenaba y paraba en casi todas las plantas. Dentro del habitáculo del ascensor, lleno de gente, el recuerdo le hizo creer oler de nuevo, ese aroma amaderado de perfume varonil. El ascensor, por fin, llegó a la décima planta, se abrieron las puertas y se encaminó hacia su despacho. Cuando llegó, intercambió saludos y frases de cortesía con su secretaria que le informó que le estaban esperando para la reunión que tenían todos los socios a primera hora  -¡Los cambios! ¡Uf!-  Acababa de recordar que hoy era lunes, el día de los cambios. – ¡Menudo fastidio! – En ese preciso momento lo que menos le apetecía era asistir a una reunión y tener que prestar atención más allá de lo estrictamente necesario.

8:55 am. María dejó el bolso en el despacho y se dirigió a la Sala de Reuniones que se ubicaba en la misma planta, en el pasillo central, al fondo a la derecha. Entró en la estancia y comprobó que estaban la mayoría de los socios, unos sentados alrededor de la mesa rectangular de cristal, que presidía la zona central de la Sala, y otros socios continuaban de pie, formando corrillos de dos y hasta tres personas. Faltaban aún unos minutos para que diera comienzo la reunión. Se encontró con su jefe en uno de esos corrillos, quien se dirigió a María y le presentó a los nuevos colegas del bufete.

 – María, te presento a Alex, es el nuevo responsable del área de Urbanismo.

Ella giró su rostro y se encontró de frente con el hombre de pelo negro, con algunas canas y de ojos grandes y oscuros que le miraban fijamente, con sorpresa, y que le sonreía con cierta ironía mientras le tendía la mano para saludarla.

     – Buenas…-apenas pudo balbucear María, extendiéndole la mano, y notando cómo regresaba el inmenso calor del rubor en sus mejillas. En ese preciso momento, el reloj marcaba las 9:00 am, hora de comienzo de la  reunión.