Estaba tumbada en la cama, la habitación se encontraba en penumbra y vió cómo se le acercaba un rostro que reía y reía y le miraba con ojos de locura, mientras se acercaba hacia ella, muy lentamente. Continuaba acercándose, cada vez más. Ella comenzó a respirar de forma agitada, su terror iba en aumento. Era cuestión de segundos que su cara notara ese rostro extraño, atormentado, de expresión tosca y sucia, tocando la suya.

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¡No podía moverse! ¡No podía! Quería levantarse, salir corriendo, pero, ¡no podía!,¡no podía! ¡No podía moverse! Cuando notó el frío de ese rostro encima del suyo y la humedad de la lengua en su mejilla, comenzó a gritar, sólo podía gritar y gritar. Y gritaba tan, tan fuerte… que el aullido incesante de su grito acabó por despertarla.

Eran las 6:30, hora de levantarse.