Recuerdo las palabras que me dijo mi padre un día de primavera:
Te voy a llevar a un sitio que no olvidarás jamás.
Y me llevó al Parque Natural de L’Albufera.
Cuando íbamos de camino, desde el coche, miraba por la ventanilla el paisaje que se abría ante mí. Eran unas cañas altas, de color verde, con hojas largas y frondosas, que bordeaban la carretera, entre arrozales, y dejaban entrever, a ráfagas, una laguna extensa.
Aquella imagen se clavó en mi corazón para siempre. No olvidaré nunca ese momento en la carretera.
Cuando llegamos al embarcadero, la inmensidad de L’Albufera se presentó ante mis ojos y fue la primera vez que vi algo verdaderamente tan hermoso.
Seguimos hasta El Palmar, en uno de los canales de pescadores me dijo mi padre que íbamos a dar un paseo en barca para ver mejor l’Albufera.
Era una barca especial, estrecha, me dijo que tuviera cuidado y no me levantara porque tenía poca estabilidad y podía caer al agua.
Sentada en la barca, el señor que ‘perchaba’ -no son remos, en la Albufera no se rema, se clava la perxa y se avanza- nos explicaba la flora y fauna del lugar. Después, arrancó el motor y nos adentramos en esa inmensidad de luz que lo inundaba todo.
Yo era pequeña y no sabía expresar esa belleza, esos colores y esa luz, pero me la llevé para siempre en mi retina y muy especialmente en mi corazón.
Mi padre tenía razón, nunca olvidé ese momento.
Por su belleza, porque es un lugar que me une a él con fuerza, me gusta perderme allí y pensar. Allí el mundo se para y escuchas el silencio cuando te adentras en ella.
L’Albufera forma parte de mí y yo de ella. Y la quería compartir, en un atardecer, que es el mejor momento del día por su impresionante color amarillo que se refleja como un espejo en el agua.
Mi ilusión, mi sueño, siempre fue poder compartir ese lugar y enseñárselo a las personas que quiero, para que sintieran conmigo lo que yo siento. Porque quería compartir el primer lugar bello que vi por primera vez en mi vida.