Ella se encontraba sentada en el sofá del salón, al lado de la ventana entreabierta por donde se podía escuchar el silbido del viento y el fuerte sonido de la lluvia. Semanas atrás, había cumplido ochenta y cuatro años.

Él regresaba a casa tras una dura visita al centro hospitalario para recoger los resultados de unas pruebas complicadas. No sabía cómo confesárselo a Ella.

Los médicos le informaron que le quedaban pocos meses de vida. Su primer pensamiento fue que no podría celebrar con su esposa su próximo ochenta y tres cumpleaños.

La dolorosa conversación sobre su grave enfermedad culminó con un abrazo intenso de los dos. Mantuvieron, durante un rato, apretados sus cuerpos. En ese momento, necesitaban sentirse el uno al otro. Deseaban robarle tiempo al tiempo.

Minutos después, Él abandonaba el salón para dirigirse al despacho, no sin antes darle un beso en la mejilla a su esposa, Ella le devolvió, como respuesta, una bella y tierna sonrisa.

Una vez dentro del despacho, cerró la puerta y fue directo a la mesa central donde se apilaban las carpetas con documentos relativos a asuntos pendientes de resolver. – ¿Qué importancia tenía ahora todo eso?- Sin prestarles mayor atención, se dispuso a abrir el cajón superior, extrajo el abrecartas, lo asió fuertemente, y quiso que el filo se adentrara en su cuerpo. La profunda herida le provocó la caída al suelo.

Ella creyó escuchar un ruido sordo en la habitación contigua, donde se encontraba su esposo. Asustada por el extraño ruido, abrió temerosa la puerta del despacho y se adelantó sobresaltada cuando divisó la imagen del hombre tendido en el suelo. Rápidamente se inclinó a socorrerlo, le extrajo el acero, pero en el cuerpo de él no se observaba movimiento alguno que le hiciera pensar que aún respirara. Comenzó a llorar, primero en silencio, después desconsoladamente, pronunciando en voz alta, con gritos ahogados:

-Querido, ¡respóndeme!

– Por favor, cariño, ¡háblame!

Ante la falta de respuesta, decidió encontrarse con el abrecartas ensangrentado y, con la mirada perdida, se lo hundió a sí misma en un costado. La sangre coloreaba de rojo el tejido de su vestido blanco, y terminó tendida en el suelo, quedando abrazada al cuerpo inerte del que, hasta unos minutos, había sido el hombre con el que había compartido la mayor parte de su maravillosa vida.

Los dos cuerpos inmóviles quedaron apoyados de lado, enfrentados sus rostros. Los dos tenían los ojos cerrados y la mueca de sus labios dejaban entrever una suave sonrisa que enmarcaba unos rostros relajados.

La sangre de ambos se entremezcló dando unión a sus cuerpos.

Había cesado la lluvia, el viento se calmó y, en ese preciso momento, sólo se escuchaba el dulce sonido del silencio.

Mayte López (2021)

Siempre se escribe al amor juvenil y adulto y se nos olvida que el amor también existe en las personas mayores y que es igualmente bello.