Era de noche y estaba muy cansado. En época navideña, trabajar en el comercio resultaba, verdaderamente, agotador. Muchísima gente por las calles, la tortura musical de los villancicos, soportar a los clientes pelmazos a los que atender con una falsa sonrisa.

Desde que se separó de su mujer, sus hijos vivían con su madre y los veía muy poco, por ello, odiaba aún más estas malditas fiestas que le machacaban, sin cesar, con la idea de felicidad para todos.

Antes de tumbarse en el sofá, encendió el televisor; el primer canal que salió en la pantalla estaba pasando una película típica de estas fechas, una navideña. No le gustaban lo más mínimo, pero bueno, tampoco tenía intención de verla, más bien le serviría para entrar en sopor y ayudarle a conciliar el sueño.

Cuando llevaba un rato viéndola, se le empezaron a cerrar los ojos. En ese preciso momento, sonaron varios pitidos, esos sonidos característicos de su móvil que le avisaban de la entrada de mensajes por WhatsApp.

«Qué inoportunos que son, odio los grupos»

Los mensajes correspondían al grupo ‘Familia’. Con gran pereza, pulsó para abrir la mensajería y se dispuso a leer, con la vista ya cansada por el transcurso del día:

Mamá:

Hijo, como sé que eres muy despistado, te escribo para que no te olvides de comprar los regalos de tus hijos; no lo dejes para el último día, que luego se agotan. Nunca los encuentras a la primera y tienes que recorrerte todas las jugueterías de la ciudad. Recuerda que el año pasado no los encontraste y tus hijos pensaron que se habían portado demasiado mal porque Papá Noel les trajo unos juguetes distintos a los que ellos habían pedido.

Continuó leyendo el siguiente mensaje.

Papá:

Acuérdate de tu vecina María, es muy mayor y está muy sola. Podías hacerle una visita. Echa mucho en falta a sus hijos, que están muy lejos y no pueden venir a verla. Ya sé que a ti no te gusta socializar con los vecinos, pero ella te aprecia mucho.

Abuelo Gabriel:

Tu amiga Estrella intenta acercarse a ti. Ella te quiere, pero tú haces cómo que no te enteras y ella piensa que tú no sientes por ella nada especial. Yo sé que no es así, pero el miedo no te deja acercarte a ella y no aceptas que ella se acerque un poco más a ti. No desperdicies la oportunidad de amar, la vida es muy corta y debes vivirla.

«Empiezo a estar harto de que me digan lo que tengo que hacer» pensaba él mientras deslizaba el dedo por la pantalla del móvil.

Abuela Estrella:

Te lo dije muchas veces, tienes que seguir con los estudios que dejaste de joven, te queda muy poco para acabarlos. Es una oportunidad de mejorar, de cambiar de trabajo. Siempre he presumido de tener un nieto muy inteligente, pero tú te empeñas en llevarme la contraria. Retoma tus estudios. ¡Me harías tan feliz!

Hermano Melchor:

Intenta hablar con nuestro hermano Baltasar, sé que estás enfadado por el tema de la herencia, pero hay que saber perdonar y olvidar. Somos hermanos, recuérdalo. Por favor, inténtalo una vez más. Me consta que a él le gustaría poder hablar contigo y arreglarlo todo.

Cuando Gaspar terminó de leer los mensajes del grupo familiar, no quiso escribir ninguna respuesta. Un nuevo pitido del móvil le alejó de sus pensamientos. Tenía un mensaje entrante. Observó que el nombre que aparecía era Jesús; no reconocía a nadie con ese nombre y no recordaba que formara parte de su lista de contactos.

Pulsó en el mensaje.

Jesús:

El grupo ‘Familia’ no existe y lo sabes porque tú los borraste a todos de tu agenda de contactos. Tus abuelos nunca llegaron a tener WhatsApp y tus padres y hermano mayor fallecieron en un trágico accidente de tráfico hace unos años. En cuanto a mí, tampoco existo, tan sólo soy la voz de tu maltrecha conciencia. No puedes negarlo, siempre te ha gustado celebrar la Navidad. Cuando termines de leer, este mensaje desaparecerá.

Gaspar cerró el mensaje y volvió a consultar el móvil. Todos los mensajes leídos habían desaparecido. Se frotó los ojos, a pesar de saber que estaba despierto. La televisión seguía encendida, aunque la película había finalizado. Apagó el televisor, se levantó del sofá y dirigió su mirada hacia las luces intermitentes que iluminaban la estancia. Las luces provenían de la ventana de enfrente, de la casa de su vecina María; en estas fechas, ella adornaba las ventanas con luces de colores y sus cristales con letreros de color blanco. Gaspar alcanzó a leer uno de ellos que decía FELICES FIESTAS, y sus labios no pudieron evitar que una dulce y amable sonrisa apareciera.

Mayte López