Cuando llega el buen tiempo, con la primavera, no sólo salen las flores a nuestro encuentro. Los pájaros también regresan de su invierno lejano a nuestras calles de temperaturas cálidas.

Vivo en un séptimo piso y en la calle hay un árbol cuya copa llega, aproximadamente, a la tercera planta del edificio.

Es un árbol frondoso en ramas, hojas y semillas, y guarda una distancia de al menos 10 metros del resto de árboles de la calle. En ese árbol, cuando el mes de abril comienza su andadura, se instala un pájaro. Sí, un pájaro. Uno sólo. Bien podría tratarse de un mirlo.

Los mirlos cantan al amanecer y al atardecer.

Este pájaro nocturno, puntual como un reloj suizo, sobre las 4:30 a.m., inicia su canto.

El pájaro sigue cantando toda la noche, es un canto de notas largas, sonidos agudos, no repetitivos, con pausas definidas; resulta un canto melodioso.

Como humana que soy, no consigo conciliar el sueño, es imposible cuando escuchas música en el silencio de la madrugada. Pasan las horas y cuando el reloj marca las 7:30 a.m., cesa el canto del pájaro.

Amanece en la ciudad, la oscuridad se aleja y el movimiento comienza a ser el protagonista de la calle. Intuyo que el pájaro sigue en el árbol. Me ilusiona pensar que está descansando después de ofrecer tan magnífica melodía.

Vuelve el sonido de los coches y empiezan los primeros pájaros a comunicarse con su canto matutino, uno silba y el otro responde, como si fueran Bogart y Bacall manteniendo un pulso constante por amortiguar el ruido molesto de la ciudad.

Sé que esta noche el mirlo anónimo estará posado en el árbol, y sé que será fiel a su cita de las 4:30 a.m.

Volveré a escuchar su canción de madrugada y seguiré despierta mientras dure su canto.


Charlie Parker, Ornithology